Réquiem para un amigo.
 
Llegué para hacer mi servicio rural de salud en los años 90 al distrito de Villa Sucre, un paradisíaco valle interandino de la provincia de Huaylas, cuya capital, Mato, se encuentra a media hora de la bella ciudad de Caraz.
 
Tras instalarme con mi esposa y mi pequeña hija de apenas un año, inicié con gran fervor mi labor como médico de pueblo. Esta experiencia, en la que un joven profesional se enfrenta a nuestra dura realidad nacional, dejó marcas imborrables y enseñanzas que tocan el alma, revelando la esencia del Perú profundo.
 
Mato, con su clima benévolo y su suelo fértil, es propicio para el cultivo de los más exquisitos frutales. Ademas del delicioso manjar blanco y miel de abeja, es un refugio de vida, donde es habitual encontrar ancianos de 80 y 90 años. Es tierra de longevos. Fui el primer médico del lugar; durante el primer mes, si atendí a cinco pacientes, fue un gran logro. Entonces, decidí realizar visitas domiciliarias, realizando chequeos médicos in situ, mientras ellos me obsequiaban suculentos almuerzos y opíparos lonches.
 
La necesidad de salud estaba presente en los caseríos: Llipian, Huinó, Achá, Huacanhuasi y Ancoracá. En las partes más altas se cultiva la papa, y son muy famosas sus comunidades, especialmente la de Ancoracá, gente aguerrida y luchadora, muy diferente al habitante de los pueblos de la cordillera blanca.
En nuestra jurisdicción solo había una posta y otra en Ancoracá, mientras que el resto de los caseríos solo contaba con promotores de salud. 
 
Casi al mes de mi llegada, se produjo una tragedia en el caserío más alejado, Ancoracá: un niño se ahogó en el canal de regadío. Acudimos al lugar, acompañado por la técnica y el gobernador del distrito. El paisaje muy hermoso, ascendiendo de Mato a Huino de allí a Achá, pasando frente al antiguo fundo de Quin Quin, hasta la cumbre de la cordillera negra; al frente las ebúrneas , bellas e imponentes montañas del Callejón de Huaylas: el Huascarán, Huandoy y el nevado Santa Cruz, permaneciendo como compañeros de camino y guardianes mudos de nuestras historias.
 
La empatía con los comuneros surgió de inmediato, gracias a mi conocimiento del quechua, un lazo que fortaleció mi conexión con la tierra y su gente. Conocí a sus líderes más prominentes: Adán Advíncula, Jaime Ulloa, Simón Pariachi, el Sr Mendoza y otros . La amistad con Adán fue un regalo de la vida; el viejo dirigente de la época de la reforma agraria de Velasco; un hombre de fe y lucha, contemporáneo del gran líder carhuacino: Lirio León, trágicamente desaparecido.
 
Recuerdo a Adán con su hermosa yegua Cleopatra, que ascendía con facilidad por los empinados cerros, símbolo de su espíritu indomable. Adán me compartió historias del gran Uchcu Pedro, lugarteniente del Atusparia, quien, con un ejército de hombres de Ancoracá y otros caseríos de la cordillera negra, bajó para apoyarlo en la famosa rebelión ancashina. Las noches de tertulia al son de la cancha "pacchus", cultivada en las partes bajas, quedarán grabadas en mi corazón, momentos de amistad y sabiduría compartida.
 
Adán, siempre identificado con su comunidad, fue elegido presidente del Comité Local de Administración de Salud Mato, uno de los primeros en Ancash. Años después, cuando partí hacia Huaraz, nuestras trayectorias se cruzaron muchas veces. La última vez que lo vi, hace dos años en Lima, ya estaba mayor, y su mirada era un reflejo de la vida que había llevado. Lloró de emoción al verme, y al saber que mi hija Ingrid, la niña que abrazaba con ternura en sus primeros años, se había convertido en médico.
 
Descansa en paz, querido amigo. Con tu partida, el eco de tu voz resuena en los valles, y en las montañas se escucha un lamento de amor y lucha. Sin duda, ahora te encuentras en una mesa junto a Uchcu Pedro, Atusparia y Lirio León, conversando sobre la eterna reivindicación del indio peruano; nosotros llevamos en nuestros corazones el dolor de tu ausencia y el legado de tu lucha incansable.

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